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El juego tiene algo de inocente porque es un pacto con unas normas o leyes muy básicas, y en gran medida controladas por el azar, por la fortuna. En principio, estas premisas crean cierta sensación basada en la lógica, de que las posibilidades sean iguales para todos los participantes. Cualquiera que haya sido un verdadero perdedor sabe que esto no es así.
 
Desde muy pequeño tuve una relación intensa con la carencia de éxito.
 
Mi personal incapacidad social y mi prácticamente nula competitividad, me hacían poseedor del superpoder del fracaso. Ante cualquier reto de dimensiones minúsculas yo poseía la capacidad de mostrar las menores habilidades físicas y técnicas que ningún otro del grupo. El deséxito estaba prácticamente garantizado.
 
Dentro de las emociones derivadas del juego, o del reto, hay un mundo de sensaciones confusas y complejas que tienen una relación directa con la pulsión de quienes somos como personas y donde estamos situados con respecto al resto de nuestros semejantes. El entorno nos configura y el juego cuando eres niño, te determina en una posición concreta dentro de un modelo, que hasta ese momento de la vida es el único válido y existente. De esta forma, la sensación de ridículo, humillación, incapacidad y un escaso éxito terminaron configurando el grueso de las emociones que me acompañan durante un largo periodo de la existencia, y cuyas secuelas son complejas de reconducir. Para mí, el juego es el primer encuentro realmente concreto y consciente con mi sensación de angustia. Estos inocentes retos sociales me colocaban en una posición extraordinariamente expuesta y evidenciaban de una manera muy clara mi inferioridad, mis inseguridades y mi patente incapacidad social. Lo ingenuo resulta doblemente perverso. 
  
Ricardo Sánchez Cuerda
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
"LOSER" 
Ricardo Sánchez Cuerda
17/11/22 -5/1/23
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