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Un tema fundamental en la Historia del Arte ha sido cómo el ser humano se representa a sí mismo. Desde el comienzo de las manifestaciones artísticas hemos sentido la necesidad de representarnos, de ahí que uno de los géneros más recurrente sea el retrato.
 
El retrato pictórico tiene una larga tradición en el arte, pero qué ocurre cuando desaparece el mecanismo que tradicionalmente ha hecho cumplir su función: la representación realista de una persona. Retratar a alguien no significa únicamente representar con exactitud los rasgos físicos de su rostro, sino que debe representar su interior. Llegar a mostrar a través del color y el dibujo la psicología de la persona y su alma. Para ello muchas veces debemos destruir la máscara que oculta nuestro interior, mostrando el yo más intimo y personal. Por este motivo, le pedimos al nuevo retrato contemporáneo que sea una obra de arte plena de significados, que aporte una mirada subjetiva, incluso hasta deformada y violenta. Una transformación del genero más incierta e inestable que nunca. Convirtiendo el rostro en un enigma y un campo de batalla.
 
Aunque el dicho “el rostro es el espejo del ama” sea de lo más popular, varios estudios contradicen esta máxima, invirtiéndola y afirmando que es el rostro el que se refleja en el alma. Según el fotógrafo Pierre Gonnord (1963), “el rostro no es el espejo del alma, sino el mapa de nuestra vida”. Si modificamos nuestra fisonomía podríamos llegar a perder la identidad original. Y ese miedo a perder nuestra identidad se acrecenta a consecuencia de la velocidad de la época en la que vivimos; conscientes de que las relaciones con la gente y las pertenencias materiales no duran mucho. Una velocidad reflejada en el contexto tecnológico en el que nos encontramos inmersos actualmente, donde se agudiza una estética de lo poshumano. Conceptos como la manipulación genética, la robótica o la inteligencia artificial han modificado la práctica del retrato, que se ha visto afectada ante un presente de cambios vertiginosos.
 
La pérdida del rostro es una muestra que nos invita a reflexionar sobre cuestiones absolutamente vigentes en nuestros días, como son la identidad, el ideal de belleza, la memoria o el género. Mediante una investigación de la interioridad y la expresividad que se refleja en la desfiguración, deconstrucción y transformación de la identidad subjetiva. Retratos de carácter fluido, frágil y oscuro, que nos devuelven la mirada, después de haber dejado de ser territorio de identificación y evidencia.
 
Los retratos de esta exposición revelan más del autor que del propio retratado, identidades ocultas que tiene mucho de autorretrato. Irene Pérez (1996, Santander) en sus pinturas retrata las emociones y sentimientos universales. Hace visible a través de la abstracción lo imperceptible ante nuestros ojos en la figura del retrato. Un estado mental caótico que se transforma en una escena pictórica que busca que el espectador pueda sentirse identificado. Piezas que no sólo tratan de una apariencia física, sino de una posible realidad oculta que está presente en cada uno de nosotros. Los retratados por Marco Prieto (Madrid, 1992) se caracterizan por ser pintados a golpes. Su obra reflexiona sobre el uso de la violencia en la pintura y las posibilidades materiales que ofrece. Sustituye la pincelada cómo gesto personal, por el golpe cómo gesto primigenio, violento y transversal en el ser humano. Este uso de la violencia y su consiguiente imprevisibilidad dentro del marco pictórico, le permiten romper las fronteras de lo concreto y ampliar los límites. En esta ocasión a los impactos y golpes, se une la fuerza del color fluorescente. Las piezas de Henrik Uldalen (1986, Corea del Sur) giran en torno a la pintura figurativa clásica, presentada de manera contemporánea. Explorando ideas que giran en torno al absurdo, la nostalgia, la soledad y la alienación, yuxtapuestas con una belleza frágil. Pinturas con un contenido emocional que fusionan atmósferas oníricas con elementos expresionistas. Santiago Pani (1990, México) se inspira en personajes anónimos y recuerdos de personas almacenadas en nuestro subconsciente a lo largo de nuestras vidas. Visitantes anónimos que vuelven a nuestras mentes mientras estamos despiertos o dormidos, para influir en nuestra historia una vez más. Un trabajo que constantemente cuestiona y cruza la línea invisible donde se encuentran la abstracción y el realismo. La serie Kinetic mass de Daniel Martin (1982, La Haya) comenzó como una exploración de nuevas formas de construir puentes entre el mundo del arte tradicional y el digital. Retratos abstractos que se crean físicamente como pinturas tradicionales, sobre las que se muestran capas digitales a través de realidad aumentada. Gracias a esta tecnología, las capas digitales se pueden ver a través de un smartphone haciendo una mezcla entre nuestras realidades físicas y digitales.
 
Retratos que nos ofrecen un realismo desfigurado envuelto en una atmósfera inquietante, mientras la figuración es invadida por capas de abstracción cargadas de emociones. Una representación imperfecta de la belleza y los sentimientos, que nos muestra la necesidad de repensar la identidad, el género y afrontar la pérdida del rostro.
 
 
Óscar García García
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
"LA PÉRDIDA DEL ROSTRO" Curated by Óscar García
VVAA: Irene Pérez, Marco Prieto, Henrik Uldalen, Santiago Pani, Daniel Martín
Muestra comisariada por Óscar García García
10/02/22 - 21/03/22
CATÁLOGO DIGITAL
LINK VÍDEO LA PÉRDIDA DEL ROSTRO
 
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